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El Mikidragón MADE IN CHINA

El Mikidragón MADE IN CHINA

Yo he sido muy fan de Mickey Mouse. Es el arquetipo de la inocencia, del buen tipo en el buen camino, todo luz y ninguna sombra. Un bálsamo ante la duda y la zozobra. Por eso es tan amado y tan odiado. De pronto, todo en él puede entenderse como conformismo y, -como producto consumido masivamente-, acabar siendo a su vez caricatura de su propio consumidor, de ese que compra como tantos otros miles camisetas de Mickey. Mickey se consume a si mismo.

Es la quinta esencia del perfecto hombre americano confiado, devenido a icono universal, con esa personalidad extrañamente aséptica y su inquebrantable optimismo.

Este personaje que representa tan bien los valores y la sociedad de consumo americana es, sin embargo, fabricado sin excepciones en China. Es MADE IN CHINA. Como lo son también las Converse, los uniformes americanos de las olimpiadas, los productos de Apple o muchas de las banderas americanas que ondean los patriotas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando visité Disneylandia. Quizá me pilló algo mayor, pero lo cierto es que el Mickey en el que leí Made in China fue el último al que le presté algo de atención. Perdió de un plumazo todo su imaginario.

Una decepción mayúscula. Mi MADE IN CHINA es este souvenir mutante tan de chino de barrio, tan de pasillo atestado de baratijas, tan de luz mortecina de neon. El dragón Chino, símbolo del poder imperial en China, es una de las baratijas top, junto a mi querido gato de la suerte y los pequeños budas.  La unión de la cabeza de Mickey y el dragón es una metáfora de algo tan manido, tan sabido ya, que se merece su sitio en las estanterías de mi chino favorito.

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